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Viejitos buenos

abril 14, 2008

La mayoría piensa que un buen músico nace, no se hace. En ciertos casos es así, pero en muchos otros los músicos se van haciendo en el camino, producto de la experiencia, la práctica y la constante evolución normal de cada persona en sus respectivas actividades -años de circo le llaman algunos-. Ese es el caso de Buena Vista Social Club, esa agrupación cubana que ocupa el mismo nombre del club que la vio nacer y que se hizo conocida por el disco homónimo producido por Ry Coder y el documental dirigido por Wim Wenders.

Buena Vista es un grupo de sonido perfecto, armónico, entretenido y profundo. Tuve la suerte de verlos en vivo en Varadero el pasado miércoles 9 de abril. El sonido de sus boleros, salsas y guajiras te transportan a la Cuba de los años 50, gracias a la nostalgia de las letras de als canciones, escritas principalmente por Compay Segundo y Ferrer.

Si bien ya no están Ibrahim Ferrer, Compay Segundo -ambos muertos- y Omara Portuondo -a quien pude ver en el mismo viaje, cantando en el cabaret Tropicana-, aún se puede disfrutar de la guitarra mágica de Manuel Galbán y el laud de Barbarito Torres.

El concierto, como show, es perfecto, sin errores y entretenido, donde el grupo logra meter al espectador en su música y lo hace participar constantemente a través de aplausos o seguimientos de voces, el único inconveniente fue que el público mayoritariamente era europeo y canadiense, por lo que primaba el frío característico de esa gente, a pesar de eso, Buena Vista logró hacerlos participar.

Creo que no hay nada más que decir sobre Buena Vista, ya que lo principal es escucharlos, porque en este caso las canciones dicen mucho más de lo que yo pueda decir acá, solo queda informar que a los que estén en Europa van a tener la suerte de verlos, ya que parten el próximo mes en una gira por varios países del viejo continente. Vayan, no se arrepentirán.

Aprovecho la ocasión, para dejar como muestra la descarga del disco Buena Vista Social Club. Está demás decir que solo es para que lo escuchen, lo evalúen, luego lo borren y vayan corriendo a comprarlo en alguna de nuestras “económicas” disquerías. Además, se debe comprometer a no darle un uso comercial y a eliminarlo dentro de 24 horas.

Buenos Aires en vivo (desde la capital argentina)

marzo 30, 2008

De que Argentina es un país de grandes músicos, no hay duda. De que en Argentin a el rock es importante, tampoco. De que en Argentina el rock se vive, menos. Eso fue lo que pude constatar hoy -o ayer, para los más exigentes- en el día 1 del Quilmes Rock 2008, quizás el día más rockero de este festival.

Ya llegando al estadio me pude dar cuenta de lo que se venía. Una marea de poleras negras se dirigía tranquilamente hacia el Estadio de River Plate. Miles de pelucones conversaban sobre lo que vendría en la jornada, mientras escuchaban rock del bueno que salía de los centenares de autos estacionados en el sector, además, se podía sentir en el ambiente que había ansiedad por ver los cinco recitales programados.

El festival prometía en su primer día. Dos grupos del estilo sandías caladas -el nü metal de Korn y el rock del gran Ozzy Osbourne-, un local -el heavy metal de Rata Blanca-, uno no muy popular, pero bueno -Black Label Society- y otro muy desconocido -los argentinos Carajo- aparecían en el menú musical, lo que marcó una jornada que fue de menos a más.

Carajo dió el riff inicial al festival, con un estadio que aún no se llenaba y un público de cancha un tanto frío, quizás por el calor que impedía realizar cualquier mínimo esfuerzo físico, o si no porque simplemente no prendieron con la música, que además sirvió de prueba de sonido, por lo que las fallas fueron varias, como por ejemplo la pérdida del micrófono del vocalista o los constantes saltos de la batería.

Luego vino el power de Black Label Society, la banda de Zakk Wylde -el excelente guitarrista que Ozzy Osbourne descubrió a comienzo de los noventa en un casting-, que encendió los ánimos y demostrando que la mayoría de los presentes estaban ahí por el ex Black Sabbath.

Una espera de 20 minutos fue lo que separó el show de Black Label con el de Rata Blanca, quienes como un Angel bajaron del cielo del metal para cautivar al público recordando la sensualidad de una Mujer Amante. Mención honrosa tiene el solo hecho por el guitarrista Walter Giardino, que terminó con la interpretación de Confortably Numb de Pink Floyd.

Finalizado el acto del grupo argentino, vino el momento freak del día, cuando un grupo desconocido amenizó el tiempo de espera mientras se instalaba Korn, tocando covers de rock argentino de los años setenta. En la segunda canción empezaron a sentir el rechazo del público, que se transformó en una guerra declarada cuando comenzaron a lanzarles botellas y cuanta cosa encontraban, lo que motivó la reacción del vocalista, quien, emulando al fastidiado Roger Waters de la gira Animals de fines de los setenta, escupió al público, parando la canción y retirándose del escenario. Al final ganó el “monstruo”, que solo quedó con un herido, el martir que recibió el mencionado gargajo.

La cosa comenzó a encenderse cuando apareció Korn con todo su poder, haciendo saltar a la gente presente en el estadio, llegando al éxtasis cuando tocaron Freak on a Leash, formándose varias rondas de energúmenos que se dedicaban a golpear a quien se le cruzara por delante. Todo un espectáculo para quienes estábamos en las tribunas, no lo creo para quienes rodeaban el círculo de rondas.

Ya bien entrada la noche, a eso de las 22.30 hrs. apareció en un Crazy Train el ángel negro, ese que entretuvo a mucha gente con su parodia en MTV. El gran Ozzy Osbourne, quien con un estado más atlético que el que veíamos en su reality, hizo saltar a todo el estadio con sus canciones y con los recuerdos de Black Sabbath, tocando los ya clásicos Iron Man y Paranoid.

Con I Don´t Want to Change the World temrinó todo. Como si fuera una petición de Ozzy para que las cosas sigan tal cual como están y podamos seguir escuchándolo por muchos años más. Por ahora, solo quedan los recuerdos de una jornada de rock intenso, la que ojalá sirva de inspiración para que en Chile se repita este año el Vive Latino que tanto éxito tuvo en el 2007.

Buenos Aires eléctrico (desde la capital argentina)

marzo 25, 2008

Mientras escribo, veo por la ventana como el oscuro cielo bonaerense se ilumina por los relámpagos que serpentean entre las nubes. Quién iba a pensar que un día que empezó tranquilo y soleado iba a terminar de esta manera.

Durante todo el día el calor fue ahogante, más aún cuando tomé el subte que me llevó hasta la estación Florida para recorrer el centro de esta ciudad. Ahí, nmerso entre librerías, tiendas de cuero, cafés y gente, se me pasó la mañana y casi media tarde.

Motivado, después de tanto shopping, decidí recorrer la calle Corriente -esa tan conocida por sus teatros- hasta llegar a 9 de Julio, en pleno Obelisco. Luego de las fotos de rigor y de contemplar las inmensas y anchas avenidas que la rodean, seguí mi rumbo.

Del Obelisco a la Casa Rosada -Palacio de gobierno argentino- hay cerca de seis cuadras aproximadamente, las que son un agrado recorrer cuando vas observando a la gente que transita absorta en sus propios problemas.

Una vez que se llega a la Plaza de Mayo -se encuentra al frente de la Casa Rosada- se puede gozar de la tranquilidad que solo se quiebra con los gritos de algunos niños que juegan con las docenas de palomas que comen maiz en el lugar.

Otras siete cuadras, hacia el oeste de la plaza -espero estar correcto con mi ubicación- se encuentra el barrio de San Telmo, donde en una callecita llamada Chile se encuentran varios bares, siendo un buen lugar para disfrutar de una cerveza -puede ser Quilmes, para los amantes de la rubia suave, o Stella Artois, para los amantes de la rubia con cuerpo- y de una entretenida conversación con los amigos.

Cuando comienza a caer la noche, lo mejor es volver al lugar de origen, para evitar el movimiento de millones de personas que vuelven a sus hogares después del trabajo -en caso de que se ande en metro- o los miles de vehículos que transitan las anchas avenidas bonaerenses -para los que andan en auto-.

Llegando al departamento donde estoy bolseando alojamiento, escucho ruidos de cacerolas que aumentan a medida que pasan los minutos. Es el pueblo argentino que demuestra su rechazo al discurso dado minutos antes por la Presidenta Fernández, quien justificó el aumento de un impuesto a la exportación del grano, lo que molestó a los agricultores argentinos.

El descontento es general y cada vez las calles se llenan de personas que protestan, bajo la mirada de la gente que se asoma por las ventanas de los departamentos, golpeando sus cacerolas con ritmos disparejos y tonos distintos.

La Plaza de Mayo, la misma que disfrutaba de tranquilidad, cada vez se llena más de gente. Los medios cubren la noticia como “la protesta de las cacerolas”, mientras tanto, un grupo de piketeros a favor de Fernández se reúne para defender a su Presidenta.

La ciudad se para, se divide y se pelea. Por un lado los “campesinos” y por otro los “oficialistas”. La cosa se ve dura, se gritan de todo, algunos llegan a golpearse, y el barullo cada vez aumenta más.

La protesta se extiende por alrededor de tres horas, hasta que el cielo se ilumina y se escucha un tronar que silencia a la gente. Todas las miradas se dirigen al cielo. Es hora de partir, las nubes están molestas y la lluvia es inminente. “Campesinos” y “Oficialistas” regresan juntos a sus hogares, ya no discuten, no les importa el mensaje presidencial, solo les interesa volver a sus casas pronto y secos.

Mientras termino de escribir, la lluvia ha aumentado. Los relámpagos son más continuos y solo queda en la calle la tranquilidad de un Buenos Aires que minutos antes se expresó, buscando imponer sus términos, para construir, quizás, una sociedad mejor. Este fue el Buenos Aires eléctrico, ese que pasa en cuestión de segundos, y sin aviso, de la tranquilidad a la revolución, como un cielo que recibe a la tormenta que no ha sido invitada.