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Hombres de rojo

diciembre 5, 2008

Llegó diciembre. Llegó el calor. Todas las chiquillas andan con mini y los hombres con chalas. Pero hay uno que no puede. Un viejo que tiene que trabajar duro para estas fechas. Uno que tiene que tener la sonrisa lista y el regalo a mano. Este es el mes del Viejito Pascuero. Y estos son los hombres detrás de él. Por Carlos Ferreira y Rafael Lafuente

viejo-pascueroEL VIEJITO DEL PUEBLO

Sergio Jerez (58) trabaja de Viejo Pascuero desde el 2002, y su decisión de ponerse el traje rojo cada Navidad tuvo que ver con el clamor popular. “La gente en la calle me confundía con el Viejito, me decían “Don Santa”. Incluso me entregaban cartas con listas de regalos. Todo eso me motivó a caracterizar al Viejo Pascuero”, dice.

Es que el parecido es notable. Es lo que lo ha hecho famoso en Concón (donde vive) y lo ha llevado incluso hasta la televisión. Ha protagonizado el comercial de Coca Cola del año pasado y el del Bicentenario que hizo Canal 13 para el 2006.

La barba de Jerez es 100 por ciento natural. Se la deja durante todo el año y sólo la semana después de Navidad se la recorta. “Siempre la he usado, así que no me molesta mantenerla durante el año”, explica.

El trabajo de Viejo Pascuero se lo toma en serio. Cada año su esposa, que a veces las hace de duende, confecciona cuatro trajes nuevos, de distintos diseños, porque depende de cada ocasión el traje que vista. “Comienza a hacerlos en octubre; se demora un tiempo, porque no es modista, pero le quedan perfectos”, asegura Jerez.
Su trabajo pascuero comienza en octubre, ya que varias empresas lo llevan a reuniones como inspiración para organizar las navidades institucionales. Pero es en diciembre cuando la cosa se pone dura. Los días más pesados son el 24 y 25, cuando visita unas 15 casas por día. Cada visita vale $40.000.

“Es importante mantener una buena presencia en cada presentación, ya que para los niños esto del Viejo Pascuero es algo importante. En septiembre, después del 18, yo dejo de comer longanizas, ajo, cebolla y todo lo que sea aliño, ya que no puedo andar hediondo”, cuenta Jerez.

Entre las muchas anécdotas que le ha tocado vivir, hay una que recuerda con especial cariño. “Una mamá se me acercó para decirme que su hija estaba perdiendo la fe en el Viejo Pascuero. Le sugerí que la niña le pidiera algo especial al Viejito. Y ella pidió el gorro. Cuando la visité, me agaché para que me sacara el gorro y le dije que era suyo. Mientras se lo ponía, rápidamente me puse otro, sin que se diera cuenta; cuando me miró no lo podía creer. El Viejito había hecho magia y hasta el día de hoy duerme con el gorro, según me ha contado su madre”, dice.

Una vez que termina el periodo navideño, este Pascuero vuelve a ser el de siempre: cuida autos en un centro comercial de Concón y maneja un taxi, el que pudo comprar gracias a su pituto de cada diciembre. “Durante el año no hecho de menos el disfraz, no rallo la papa tampoco, pero me gusta porque los niños son felices y si tuviera plata lo haría gratis”, concluye.

VIEJITO EMPRESARIO

Esteban Vidal es otro que cada año se pone el traje rojo. Lleva 11 años haciéndolas de Viejo Pascuero, aunque algunas veces se disfraza de Rey Mago. “En Santiago hay gente de varios países, gente que tiene otras creencias y por eso me tuve que adaptar a las necesidades del mercado; no hay que olvidar que esto es algo comercial”, explica.

Su barba natural la deja de recortar a partir de junio, y cuando se acerca diciembre la perfuma con aceites de canela o jengibre que él mismo hace. “Es importante no andar hediondo, con olor a cigarro o cola de mono, ya que se trabaja con niños”, explica.

Esteban tiene una empresa que realiza fiestas que van desde cumpleaños a despedidas de soltero, y en diciembre ofrece el servicio de Navidad, donde el Viejo Pascuero visita a los niños para darles sus regalos. “Hay veces en que tenemos que contratar a varios viejitos más para poder cubrir los eventos que tenemos en un mismo día”, dice.

Para ser Viejito Pascuero hay que cumplir con varios requisitos, dice Vidal. Entre ellos, está la barba natural, una buena presencia, no ser hediondo y tener buena dicción. “El show es entretenido; primero llega un duende, que arma un trono, y después llega el Viejito, al que vamos a dejar en un vehículo privado, porque no puede llegar en Metro o micro. Ahí se sienta y les da los regalos a los niños. El evento como mínimo cuesta $130.000 y el valor cambia dependiendo de la cantidad de niños”, concluye.

viejo-pascuero-2VIEJITO TODO TERRENO

En el paradero 29 de Vicuña Mackenna vive el Viejito Pascuero. No en el Polo Norte, como todos piensan. Su mujer abre la puerta y la acompaña una pequeña niña que no es uno de los enanos que hacen juguetes. Es su hija, Maite, de 7 años. La casa del Viejito es acogedora y llena de adornos. Mientras él habla por celular y agenda un evento tras otro, su señora-manager recibe a las visitas. Por computador organiza la empresa de la familia y cuenta cómo comienzan a salir pegas a principios de diciembre.

Ya se van a cumplir 10 años desde que Luis Alberto Lagos (32) se vistió de rojo por primera vez. Junto con su esposa, quien por esos años era su polola, Carolina Villagrán, formaron Impacto Eventos en 1997. Ambos egresaron de la extinta escuela de teatro de Pato Achurra y luego se lanzaron con la empresa.

Al año siguiente nació la idea de que Lagos se vistiera de rojo. No importó que él fuera un tipo moreno, mucho más flaco y joven. Con el maquillaje y la personalidad dejaba felices a todas las familias. En ese tiempo ellos eran los únicos que llevaban al Viejo Pascuero la misma noche de Navidad. “Ese primer año fue una locura, esa noche de Navidad hice 9 o 10 casas”, recuerda hoy.

Actualmente, Lagos y su mujer tienen varios clientes frecuentes que los llaman puntualmente, siempre a comienzos de diciembre o incluso antes.

Los trajes se los hace una señora común y corriente, una modista que es consuegra de la mamá de Lagos. En cuanto a la caracterización, él se preocupa harto de las barbas. No lo piensa dos veces cuando se trata de invertir en barbas falsas buenas, ya que él se afeita casi todos los días. Le cargan los viejitos chantas. “Nos ha tocado ver en otros lados actores con barbas de algodón que se les cae. O con el pelo negro detrás de la peluca.”

En la Plaza de Armas también hay viejitos pascueros. Pero a ellos los contrata un fotógrafo y les paga $500 por foto. “Son viejitos sin dientes, que el mismo fotógrafo les pasa los trajes. No hay dedicación ni pasión”, dice Carolina Villagrán.

Para Luis, hay reglas básicas para un Pascuero. No debes andar con reloj ni cadenas; no debes oler a perfume; no puedes manejar con el traje; ni tampoco tomar o fumar en Nochebuena. “No podís romperle el sueño a un niño”, recalca.

Y el día de Navidad no es fácil. Un 24 de diciembre normal parte a las 5 de la tarde, cuando Lagos comienza a peinar la barba y la peluca de su personaje. Después se pone a lustrar sus botas hasta dejarlas como charol. A las 6 se maquilla: se blanquea las cejas y se ruboriza la nariz y las mejillas. Y a las 6 y media pasa el móvil a buscarlo. Papá Noel siempre anda con la agenda copada.

La visita va de 15 a 10 minutos. “Llegas, das el mensaje navideño, los haces cantar, entregas los regalos, cobras y partes a otra casa”, resume Lagos. “Es corto, pero no frío”, asegura su mujer.

Existe la complicidad con los papás. Antes de la aparición, el Viejo ya sabe los gustos y las mañas de los cabros chicos. Y con esos detalles logra que éstos queden boquiabiertos al verlo y escucharlo decir sus nombres.

Luis vuelve a su casa con cartas, mamaderas, chupetes y cajas de galletas. Los niños le entregan esa clase de cosas en señal de crecimiento. Quizás porque ya no quieren bicicletas, sino la nueva Nintendo Wii. Le ofrecen comida cuando va a las casas, y productos cuando va a las empresas. Pero a él no le gusta aceptar. Es un tema de credibilidad y profesionalismo.

Para eventos cototos ha llegado en helicóptero. También se ha lanzado por toboganes gigantes y en caída libre. Le han pedido que llegue en limosina, como un rockstar. Y hasta lo han contratado en celebraciones para adultos. Un gordo a toda prueba.

Hace dos años, para un sindicato de ingenieros de Phillips, Lagos fue contratado para un show en donde sólo había adultos. Él pensó en una onda caribeña, porque son más calentones y prendidos. El viejito llegó con chalas y una guayabera roja que nunca volvió a usar. También de gorro y lentes de sol. Con un copete en la mano y un puro en la otra, entró acompañado de dos bailarinas. “Hice hasta un monólogo. Tenía a todos los viejos muertos de la risa. En ese tiempo estaba de moda la pedofilia, entonces dije que los enanos me acusaron de pedófilo y hacía pasar a las señoritas”, recuerda entre risas. Si hasta las mujeres le gritan “ayy, viejito”. Se le sientan en las piernas y le piden regalos.

¿Y el resto del año? Lagos es animador, trabaja para tiendas, hace jingles y sigue con los eventos de su productora. También trabaja en madera. Es su pasión. Inventa muebles y construye juegos para los show. Tiene su propio mini golf, un sapito y buzones del Viejito Pascuero. Y jamás escucha villancicos. Su grupo favorito es Metallica, pero no tiene quórum en la casa. A puro audífono.

Al preguntarle por sus dos hijas, Maite y Martina, y el tema de que les mató la ilusión del Viejo Pascuero, Lagos asegura que ellas saben que existe el Viejito. “Es el privilegio de tener al papá como amigo íntimo del Pascuero, poh”, dice. Para sus niñas, él puede trabajar y vestirse como el hombre de rojo. Es casi un favor que este hombre de Puente Alto le hace a ese viejo gordo que tiene que viajar por todo el mundo.

Una vez, en el jardín de sus hijas, Lagos se ofreció para llevar al Viejo Pascuero. Ese día, su hija Martina no lo reconoció. Cuando se despidió, dejó la campana en el suelo y entonces su hija se quedó pegada mirando la campana. “Chuta, me cachó”, pensó Luis.
Después de sacarse el traje, Luis la paso a buscar y su hija le dijo: “Papá, el Viejo Pascuero estaba ocupando nuestra campana…”

Si le preguntan qué prefiere hacer, si ser Viejo Pascuero o animar, Luis dice que prefiere animar. “Imagínate de Viejo Pascuero en diciembre con 30 grados de calor, ¿cachai? Con barba, peluca, más guata de la que tengo, guantes y gorrito. En cambio animar con polera, short y chalas es otra cosa”.

En lo personal, él asume que se cambiaría de rubro. Le gustaría tener un local de comida, un restaurant o un pub. Pero esas pegas no le entregarían la satisfacción de trabajar desde su casa y con sus hijas. Luis no se pierde nada de la vida de sus niñas. Y tampoco se olvida de las caras de los niños que asisten a sus eventos.
En cuanto a la plata, el viejito dice que con una clientela fiel hace más de 12 años el negocio rinde. Siendo ordenado, con lo que gana sólo en los meses de diciembre, enero y febrero puede vivir “de lo más bien”.

La única contra es que no tienen ni Navidad ni Año Nuevo. La celebración siempre es al otro día. Las niñas están acostumbradas a las navidades a lo gringo y los regalos por la mañana. El año pasado se despertaron a las 5 y media de la mañana para ver cuáles eran sus regalos, sin saber que en la pieza de al lado el Viejo Pascuero dormía tras una larga jornada de trabajo.