Las cosas sencillas de la vida

Caminando una tarde desde la casa de mi vecina -que no es tan vecina, ya que está a 783 pasos contados una madrugada de día domingo- me detuve a mirar como una niña -de no más de cuatro años- recogía hojas secas y las ponía en un balde que pacientemente sostenía su padre. “Le gusta recoger hojas y guardarlas en una caja”, me dijo su madre, que debe haber visto mi cara de duda y asombro -menos mal no pensó que era un degenerado-.

Ese encuentro me hizo pensar en una vieja teoría que desarrollé años atrás sobre que los niños se pueden cebar. Está demás decir que mi teoría fue todo un fracaso producto de los pocos seguidores o interesados en ella. La cosa es que aprovecho este medio para dar impulso nuevamente a esa teoría.

Según mi idea, los niños se ceban al igual que los animales, desde el momento en que uno le da a conocer cosas cuyo conocimiento no es fundamental para sus vidas. Para graficar mejor lo que digo -por no decir que lo explicaré con peras y manzanas- usaré de ejemplo la historia de mi amiga cata.

A la cata no le gustan las papas fritas -sí, leyó bien, NO LE GUSTAN-. Luego de un amplio interrogatorio, digno de un capítulo de 24, legué a la conclusión que no le gustan simplemente porque cuando era niña sus padres no le daban de comer papas fritas -toda una crueldad, pensé-, pero eso hizo que de grande no le motivara comerlas.

Lo mismo ocurrió con una familia que conocí en Talca, la que le gustaba vivir de manera sencilla, sin lujos, pero bien. De hecho la tele era del año de la “cocoa” y el dvd llegó recién dos años atrás. A pesar de eso, los niños crecieron sanos, normales y sin traumas.

Luego de esos dos ejemplos, me atrevo a decir que si a un niño no le mostramos los lujos, lo material ni lo mundano, excesivamente, desde chicos, estos serán menos adictos a ellos y vivirán de manera más simple, gozando la vida con otro tipo de cosas, más cercanas y más reales.

Espero poder llevar a la práctica mi teoría algún día, si es que llego a tener un hijo -abro la opción de que alguna señorita se ofrezca a ayudarme (no podía dejar pasar la posibilidad de decir esta tontería)-. Así que ya sabe, si algún día ve un niño recogiendo hojas, puede ser mio.

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